La debilitada UE, Japón, Canadá, China e India pueden apostar por un nuevo orden comercial

Fuente. Mundodiario.com. 29/01/2017

El modelo proteccionista de Donald Trump podría deparar resultados positivos a corto plazo en EE UU pero también podría volverse en su contra a medio plazo; máxime si otras grandes potencias mundiales, ávidas de ocupar el espacio comercial estadounidense, logran ponerse de acuerdo.

Pues sí, parece que no era un farol y el presidente Donald Trump es el heredero del candidato Donald Trump. Prometió un cambio sustancial en la forma de hacer política y lo está forjando. Pero no está solo, se ha rodeado de un grupo de colaboradores –léase palmeros– alineados con el ególatra dirigente, que van sobrados de arrogancia y faltos de capacidad. No es preciso darle 100 días para ver, ha bastado una semana para constatar.INDOLINK_INDIA_EEUU_USA_Acuerdos

Recientemente, en un ejercicio de reflexión al hilo de los sucesos inesperados de 2016, he vuelto a leer “Los orígenes del totalitarismo”, de Hannah Arendt, libro en el que estudia los movimientos dictatoriales más importantes del siglo XX: el nazismo y el estalinismo. El texto empieza por contar cómo el totalitarismo “no solo se limita a destruir las capacidades políticas de los hombres, sino también de los grupos e instituciones que entretejen sus relaciones privadas, enajenándolos del mundo y de su propio yo”. Así, los individuos se convierten en “haces de reacción intercambiables” por la mezcla de la ideología y el miedo.

Si no fuese porque la cita es del año 1951 podría parecer que está describiendo la actual situación de los EE UU. Los votantes del nuevo presidente americano, recordemos: blancos, antigua clase media venida a menos y sin mucha esperanza de futuro, han confiado en la  mesiánica promesa de recuperar los antiguos empleos de la industria, con buenas remuneraciones y estabilidad, haciéndoles olvidar que la revolución industrial ahora es 4.0. y que tal vez ya se está gestando la 5.0.

En economía, al igual que en otros muchos campos, la añoranza de un futuro igual al pasado es una utopía absurda.

La sombra del proteccionismo asoma, hace revivir los nacionalismos económicos exacerbados del pasado y, al tiempo, amenaza al crecimiento mundial. Estas ideas, que parecían superadas después de la experiencia que siguió a la II Guerra Mundial, vuelven a ser cacareadas por falsos mesías.

La máxima de que la protección lleva implícito mayor crecimiento y prosperidad solo pueden suscribirla los legos en la materia o quienes añoran regímenes totalitarios del pasado.

Los aranceles se han convertido en el instrumento milagroso capaz de solucionar –de inmediato– los problemas del mercado de trabajo americano y, de paso, equilibrar su balanza comercial. Pero el conflicto internacional está servido.

El año 2016 se ha cerrado  con un importante incremento de los intercambios comerciales, por encima del 1%, que pueden verse frenados en seco. Los conflictos bélicos ya no se libran en el campo de batalla, sino en los mercados. La guerra de mercancías parece haberse desatado.

El presidente de los Estados Unidos trata de romper los puentes multilaterales –eliminar los tratados de libre comercio, las relaciones entre distintos eslabones de empresas americanas, etcétera–, levantar los muros bilaterales y tejer alianzas interesadas con socios como Putin. Pero Trump no ha empezado por los más fuertes, no, ha tocado la pieza más débil de su tablero, México.

A lo mejor, el magnate americano se olvida de que este golpe de efecto con traducción inmediata en su crecimiento, puede volverse en su contra. ¿Por qué? Pues por algo tan sencillo como que el resto de las  fichas del tablero no son estáticas, sino dinámicas y, en economía, siempre pasa algo. ¿Quizás una nueva crisis? Quizás, quién sabe a día de hoy con todas las incertidumbres que se han sembrado. Lo que sí parece claro es que otras grandes potencias mundiales están ávidas de ocupar el espacio comercial americano, y algunas en buenas condiciones de hacerlo.

China, Japón, India, Canadá y la debilitada UE –principal bloque comercial del mundo– pueden apostar por un nuevo orden comercial que lo mude todo a medio o largo plazo. Eso sí, han de prestar especial cuidado a los individuos, y tratar de reconciliar el crecimiento económico con el progreso social, para que los ciudadanos no tengan que refugiarse de nuevo en los falsos profetas del siglo XXI. ¿Y entonces, si lo consiguen, qué harán los EE.UU? Esperemos no tener que comprobarlo y que los contrapoderes internos del país eviten el desastre.

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